Tener un restaurante es glamoroso.

Tener un restaurante es glamoroso.

Los restaurantes son una parte esencial de nuestra vida. Y lo queramos o no, esas experiencias permanecen grabadas en nuestros recuerdos. ¿Quién alguna vez no ha vivido alguna de éstas?

Celebrar todos los años ese día tan especial al lado del amor de tu vida en aquel típico restaurante francés. Recordar como hacía 20 años apoyabas tu maltrecha rodilla al suelo después de que ella se encontrara, por casualidad, esa alianza que tanto te había costado encontrar.

Impresionar a tu jefe que viene de Japón enseñándole aquel asador escondido y maloliente que solo tú conoces. Saber de antemano que ese puesto que tanto aspirabas, que tanto ansiabas, era tuyo si tan solo le dabas a probar ese suculento y sangriento chuletón argentino de medio kilo. ¿Acaso algún jefe puede resistirse a tal encanto?

Salir del curro antes de tu hora, sin importarte el que dirán, sabiendo que ella también estará. Que siempre llega a las dos, ni un minuto antes ni uno después; y que de acompañante lleva un libro de poemas de Neruda. “¡Maldita sea!… ¿cuándo diablos voy a tener el valor de invitarla a salir?”, te preguntas siempre.

¿Cuántas ideas habrán nacido en cantinas o fondas? ¿Cuántas poesías se habrán escrito en servilletas de papel? ¿Cuántas “Señoritas de Avignon” se habrán garabateado en posavasos húmedos y roñosos antes de que Picasso se atreviera a plasmarlo en un lienzo? ¿Cuántas revoluciones se habrán conjurado en las mesas más oscuras teniendo como testigo a un tinto peleón?

Tener un restaurante es glamoroso. No lo digo yo. Me lo dicen todos.

Tener un restaurante es tan glamoroso que hasta dan ganas de tener uno. Da igual si eres un amargado arquitecto cuadriculado o, un simple ingeniero informático -que esconde sus vergüenzas con un traje sin planchar -jugando a ser el “Big-Boss” en una gran compañía.

“Cambiaría ahora mismo mi trabajo por hacer eso que tú haces” No lo digo yo. Me lo dicen todos.

Los restaurantes destilan glamour:

Los restaurantes destilan glamour. Un glamour que, como bien sabes, es ficticio. Y es ficticio porque hemos trabajado para que eso sea así. Porque regalamos irrealidades que por ti mismo no puedes reproducir. De eso se trata el glamour. Y por eso lo deseas tanto. De ahí que, hasta fantaseas con poseer uno, para poder cambiarte por alguna de esas historias. Pero esta magia, querido amigo, que solo ven los ojos que no quieren ver, cambia por completo una vez que traspasas esa línea. Una vez que eres uno de los nuestros, ya nada vuelve a ser igual.

 

Los restaurantes destilan glamour. Un glamour que, como bien sabes, es ficticio. Y es ficticio porque hemos trabajado para que eso sea así. Porque regalamos irrealidades que por ti mismo no puedes reproducir.

“El producto se olvida, la experiencia no”, decía Andy Stalman en su libro BrandOffOn. Los restaurantes regalan experiencias, regalan momentos; y si esos momentos no están cargados de sorpresas -que despierten a tus comensales- no estarás dando más que algo de comida en un plato.

Por si acaso no conoces a Andy Stalman -cosa que dudo- puedes leer “La bendita manía de contar”.

 

Los restaurantes regalan experiencias, regalan momentos; y si esos momentos no están cargados de sorpresas, no estarás dando más que algo de comida en un plato.

Recuerda: “Las sorpresas están cargadas de emociones y las emociones guardan a perpetuidad los recuerdos vividos.”

Glamorosa es la experiencia que regalamos en cada servicio. Pero poco tiene de glamoroso o de idílico trabajar catorce horas al día, acabar a las dos de la mañana, volver a tu casa una hora más tarde, ducharte; y obligarte a irte a la cama porque en cinco horas tienes que volver a levantarte; repasando, eso sí -mentalmente en la cama- todos los pedidos para mañana, no vaya a ser que alguno se haya olvidado.

Como bien dice Virginia Postrel en su TED talks: “El glamour nos invita a vivir en otro mundo. Tiene que ser misterioso y un poco distante a la vez, pero no parecer tan fuera de nuestro alcance que nos impidan identificarnos.”

 

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Glamour es…

Glamour es el ballet de platos que ves pasar con sincronía y elegancia, pero no los meses de sufrimiento y esfuerzo hasta conseguirlo.

Glamour es ofrecerte todo aquello necesario para que disfrutes de una velada especial, pero no cada vez que confundes servicio con servidumbre.

Glamour es sentir como todo gira a tu alrededor, pero no fingir alegría cuando una mala noticia personal nos invade y ni siquiera se nos permite flaquear.

Glamour es que veas como cada cosa tiene un lugar, pero no cómo se me ocurrió cada lugar para cada cosa.

Glamour es hacerte sentir como cada bocado encaja a la perfección, pero no las dudas y los miedos que surgen por querer hacer algo diferente y sorprenderte.

Glamour es poder ofrecerte unos productos únicos y sostenibles con el medio ambiente, pero no la miseria que los intermediarios les pagan a los productores por su esfuerzo regalado.

Glamour es disfrutar de ese atún rojo que recién acaba de llegar, pero no la forma irresponsable con la que devastamos nuestros mares.

Glamour es que salga al salón y me cuentes cómo has disfrutado, pero no la cantidad de horas que le prohíbo a mi familia por hacer que esa “irrealidad” que vienes a buscar sea cada día mejor.

 

Pero tener un restaurante es glamoroso. No lo digo yo. Me lo dicen todos.

 

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