¿Cómo conquistar a las musas?

Permíteme que me presente, mi nombre es Ignacio Bettinsoli y antes de quedarme totalmente calvo y con un grave trastorno por las infusiones calientes (no me gusta el mate, ni el café, ni nada bebible caliente), era un joven de piel bronceada, de larga cabellera rubia y bastante tímido cuando de mujeres se trataba. Por suerte, con lo años, comprendí que el don de la palabra estaba sobrevalorado y que esa carencia podía revertirla si llegaba a transmitir mi personalidad y mis sentimientos enamorando a sus estómagos. Es así como comienzo a idear un plan que me permitiese tener ese primer contacto sin hacer el ridículo, sin ese sentimiento de perdedor total. Eso si, solo debía vender mi alma a Escoffier a cambio de aprender el noble arte culinario. Instantáneamente supe que dedicaría toda mi vida a la gastronomía, a tocar la fibra más íntima de mis comensales; cosa que luego, confieso, me sirvió deliberadamente para conquistar a esas musas que tanto se reían de mi. Desafortunadamente, luego de 37 años, ya no hay quien me calle.

Mi doble vida.

IMG_1204_02Cuando echo la vista atrás comprendo que ir contra tu naturaleza, no hacerle caso a esa llamada e intentar ser solo pragmático es cometer un gran error. Luego de tres años tortuosos en la Universidad de Buenos Aires de Ciencias Económicas; y sin poder quitarme de la cabeza el suplicio de estar día tras día detrás de un escritorio con el retrato de alguna futura señora de turno; es que decido echar todo por la borda. Es así como en secreto, me dividía por las mañanas con los “divertidísimos” balances de sumas y saldos y por las noches a estudiar con ansias y pasión en el Instituto Argentino de Gastronomía. Mientras tanto, mis padres comenzaban a sospechar y sin otra escapatoria más que la verdad, es que decido revelar mi doble vida. Por sorpresa, mis padres respiraron aliviados, dando gracias al cielo de que no me estaba dedicando al delicado arte de la extorsión de las instituciones monárquicas y gubernamentales como el Pequeño Nicolás.

Una vez convencidos, me ayudaron en mi proyecto, hasta tal punto que en cuanto finalicé mis estudios de gastronomía, mis padres me hicieron el mejor regalo del mundo: Ladran Sancho, una pequeña pero muy coqueta casa de comidas para llevar, arrojando en mi haber una de las mejores experiencias laborales y personales más enriquecedoras.

Y al final crucé el charco.

Al cabo de dos años, España llamó a mi puerta y por intermedio de las cámaras de comercio de Cuenca y de Buenos Aires quedo seleccionado de entre más de 150 personas. El rincón de Paco y Las casas colgadas -no colgantes- de Cuenca me dieron la bienvenida a la vieja Europa tan deseada.

Luego de aprender y desaprender todo lo posible y cansado nuevamente de la rutina, un nuevo periplo se cruza en mi destino. Barcelona iría a ser mi nuevo hogar y con muchísima ilusión, al día siguiente de mi llegada, comienzo la búsqueda. Al cabo de un par de horas me encuentro con mis curriculums en una mano y en la otra mi móvil sonando acercándose a mi oído; y una voz diciéndome que el restaurante Opaqo quería que lo mimase.

Unos años más tarde y con la llegada de la crisis tocaba reinventarse e inicié un nuevo viaje. Pero éste no era como los otros; era más bien uno de sentimientos… de raíces más precisamente, ya que sólo había que trasladar mi cocina argentina a Barcelona. Tras varias noches en vela acompañadas de altas dosis de desesperación y creatividad, nace mi segunda ópera prima. Se llamaba Que bueno que viniste. Un restaurante de Tapas Argentinas que en poco menos de un año se convierte en un referente de la cocina argentina en Barcelona. Reconozco que queda muy mal que lo diga yo, pero cuando furtivamente oyes en un autobús en boca de dos señoras recomendando tu restaurante, obviamente te sonrojas sin quererlo. Un orgullo personal he de confesar.

Desafortunadamente todo lo bueno llega a su fin, casi cuatro años después y por motivos que no vienen al caso, el Que bueno que viniste ha tenido que cerrar sus puertas, pero eso si, como con casi todas las cosas, dando lugar una nueva etapa.

Y surgió Romántica Gastronomía.

Una vez, medio superada la ruptura con el Que bueno que viniste, desempolvo mis papeles y comienzo a darle forma a una serie de ideas que venían pululando hacía tiempo en mi cabeza. Romántica Gastronomía se iba a llamar este nuevo proyecto; pero este título no iba a venir porque si. Mi abuelo, que recientemente acaba de cumplir sus primeros 90 años, había escrito unos años atrás, su último libro autobiográfico, titulado Romántica Pediatría en el que describía, un poco, cuales habían sido sus vivencias como médico durante sus más de 50 años de profesión. Al releer su libro, comprendí el porqué de su título; ya que en su esencia, en su forma de ver, de sentir y de vivir su vocación, con ese simple pero potente calificativo, abarcaba todo ese “todo” que solo algunos pueden sentir por su profesión, entre los cuales me encuentro yo. Solo espero que disfrutes de esta bitácora culinaria y que podamos, tu y yo, compartir lo que sintamos, pero con una condición, que no es más que pedirte tu participación sincera, crítica y constructiva para hacer de este mundo, el de la gastronomía, uno mejor.

Así que sin más introducciones te doy la bienvenida a Romántica Gastronomía.

 

Ignacio Bettinsoli.

De Romántica Pediatría a Romántica Gastronomía

“Y a medida que ordenaba mis pensamientos y fluían en mi mente, innumerables caras conocidas de Maestros, instituciones hospitalarias, viajes por distintos congresos y países, autoridades, colegas y amigos, me fui entusiasmando, y de pronto surgió el título de mi nuevo desafío: ROMÁNTICA PEDIATRÍA, pues en ese calificativo se involucra una especialidad única, bella, altruista, de alto contenido social, asociada a la maternidad que implícitamente significa la belleza, exterior e interior, de la mujer, ese ser que admiramos como hombres, pero que además es madre de otro ser, tan pequeño en tamaño y tan grande en su desarrollo potencial, con el que progresivamente se constituyen las familias, las que juntas, integran la sociedad.

Por ello, la pediatría siempre será romántica, pues ser pediatra, es ser médico de todos los niños del mundo, ricos y pobres, limpios y sucios, sanos y enfermos, simplemente niños.”

Abel R. Bettinsoli.

Pediatra Neurólogo.

Mi abuelo.

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